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Anderson cargó su revólver, uno a uno, los seis cartuchos. Cada bala llevaba grabada una inicial. La última, la sexta, tenía una H mayúscula.

Fin del Capítulo 28.

La ciudad dormía. Pero los perros ya olían la sangre. Escupire.Sobre.Sus.Tumbas.Capitulo.28

—Porque ya no me quedan balas para la razón —respondió—. Solo me queda la sed. Y la sed no negocia.

El décimo nombre era el peor de todos. No el más fuerte, ni el más rico, sino el más astuto. El juez Harwick. El hombre que había archivado el caso, que había declarado la muerte de Mary como "suicidio en estado de embriaguez". El mismo juez que, tres años atrás, había absuelto a los nueve por falta de pruebas. Anderson lo sabía. Sabía que Harwick había recibido dinero, tierras, y el silencio de una ciudad entera a cambio de firmar la sentencia. Anderson cargó su revólver, uno a uno, los seis cartuchos

Mañana, pensó Anderson mientras el coche se perdía entre la niebla, mañana el juez sabrá lo que duele ahogarse en tierra firme.

La puerta del motel se abrió sin que llamaran. Fin del Capítulo 28

—Que los identifiquen. Ya están más allá de la ley.

La noche anterior había enterrado a Joe. No con tierra, sino con un hierro. Lo recordaba con una claridad enfermiza: el sonido húmedo del golpe, el crujido de las costillas cediendo como ramas secas. Joe había sido el último eslabón de una cadena que se remontaba hasta el verano del odio. El verano en que Mary, su hermana pequeña, había aparecido flotando en el río con los ojos abiertos mirando un cielo que ya no existía.